A UN HOMBRE ANCIANO, ATEO Y ENFERMO
“¿Qué me hiere en el pecho? ¿Qué martillo me clava
los huesos al vacío y el pensamiento al miedo?”.
Preguntas y se hunden tus ojos en el miedo.
Lo sabías, hermano, y en el rincón oscuro
de tu polvo escondido lo olvidaste una tarde
sobre la primavera tan breve de tu sangre.
Pero tú lo sabías, sabías que se cansan
los objetos del hombre. Sabias que se ahondan
las calles a los pies del anciano indeciso;
que los colores borran su llamada a los ojos
porque les hiere el llanto demasiado profundo;
sabías que tu coche, cigarrillo de acero,
se fumaba a sí mismo y te fumaba a ti
para soltar tu peso en el descanso mudo
de hierros oxidados en un corral sin alma;
sabías que el cerrojo de las casas se abre
inevitablemente al latido del tiempo
y queda el hombre solo al raso en noche fría.
Lo sabías, hermano; pero disimulabas
el hedor de tu llaga con el olor de flores
taladas por el viento sin rumbo de tu vida.
Hoy, me duelen tus ojos mendigando minutos
de cada ser que pasa y te flagela el alma.
Porque tú tienes alma, aunque te enteres tarde,
tal vez cuando la angustia te libere del tiempo
y otra luz te descubra tu débil luz llagada.
Yo te absuelvo del miedo, hermano ateo, escucha…
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