

Desde el Monasterio de San Vicente Segovia aparece volando. Sus múltiples torres se dirigen al cielo. Tienen vocación de altura como las cigüeñas que las coronan.
No es posible borrar la historia de esta ciudad con alas místicas.
Se ven todavía las carretas cargadas de piedra y las manos constructoras bordando iglesias románicas y primores góticos.
Se oyen latidos de reposo feliz con las tumbas predicando vida eterna.
Segovia es creyente y permanecen las lámparas de su fe encendidas. Alumbran y calientan con pétrea fidelidad.
Las Monjas Cistercienses de San Vicente elevan plegarias por esta ciudad en vuelo para que sus piedras con alas de fe jamás se cansen de volar.
Gracias, don Luis, por haber sido y ser
amigo transparente y generoso.
Le contaré más flores entre zarzas,
más niños flagelados entre hombres.
Le diré que mis pies hacen caminos
y que su voz aleja mi cansancio.
Hablaremos en verso confidente
para seguir salvando la esperanza
con arroyos azules de lirismo.
Quiero vivir, don Luis, quiero salvar
ese cadáver niño que los hombres
esconden a mi paso turbiamente
por miedo a que mi voz le resucite;
deseo despertar las mariposas
que ignora su sonrisa demacrada,
hacerlos cazadores de silencio
en donde habita la palabra cierta,
pacificar su corazón cansado
de escribir ilusiones en el agua,
verter su soledad en la plegaria
y poblar su colmena con abejas
que hasta del cardo liben alegría.
Usted creyó, don Luis, en esta savia
que alimenta mi voz temprana y vieja,
creyó en el niño fiel que me gravita
y que intentó salvar a manos llenas,
creyó en las viejas cales de mi casa,
en sus castas goteras fecundando
entrañables nostalgias de otros días;
Perdóneme, don Luis, si he prometido
al iniciar mi carta confidente,
enviarle unas líneas de optimismo.
Tal vez le agradece más mi triste llanto
en el destierro de esta carne humana,
que ocultar las cavernas que sus ojos,
desasidos y eternos, ya conocen.
Aquí no tengo tierra; ellos tampoco,
pero yo sé que soy un caminante
con alforjas de luz sobre los hombros,
con alas en la sangre; ellos ignoran
el corazón herido que les hierve
y, a espaldas de la luz, construyen muros
para ocultar su polvo transeúnte.
Sigo bebiendo el agua transparente
del manantial aquel de entre la nieve.
Sigue mi soledad llamando al hombre
a descubrir su carga de infinito.
Revelo ruiseñores y palomas
en el quebrado anhelo de su hastío.
Cuando anochece, cuando muere el árbol,
cuando el gris de ciudad se intensifica,
cuando callan los niños y los pájaros,
cuando las sendas de la vida pierden
su color de certeza hacia el destino…,
pronuncio Su Palabra redentora
en horizontes místicos de lilas
para que abran sus ojos a lo eterno.
Pero, don Luis, amigo, yo le escribo
por razones más graves que las dichas.
Necesito decirle en confidencia,
ahora que gusta el rostro de la Vida,
todo lo que intuyó cuando su aliento
vigorizó mis alas de poeta.
La timidez entonces soterraba
mi vivir más profundo. Sentí miedo
a descubrir al hombre la palabra
de la flor, de la liebre, del ocaso.
Cinco sonetos crudos y sinceros
empalmando la cal con las estrellas
bastaron para usted. Creyó en mi sangre.
Gozó la huella que encontré en la historia.
Voló conmigo, confiado y niño,
hasta el pulso de Dios cercano al hombre.
Yo le agradezco aquella fe, don Luis.
Tengo certeza humilde de que ella
abrió dulces sonrisas en el Padre
para acoger su paternal bondad.
(Carta en verso de fe para que llegue a Don Luis, Segovia 1972)
Y de la vida humana que discurre
atestiguando el tiempo en nuestras calles,
hay pocas novedades que contarle:
los niños, como siempre, son reflejo
de los ojos de Dios que ahora contempla.
El corazón del joven busca lunas
de verdad desnudísima y mordiente,
pero a veces, tan frívola, que planta
árboles sin raíces de esperanza.
La madurez vacila entre dos ríos:
uno turbio rugiendo en sus entrañas
bullir de redes grávidas de algo;
el otro transparente y silencioso
como nuestra ciudad, de pesca humilde.
Y los ancianos alzan sus plegarias
y lavan su cansancio y sus errores
a los pies de la Virgen, como siempre:
ya sabe que su nombre de Fuencisla
reverdece poemas en la sangre.
De sus fieles amigos era
ágil pluma indicando las estrellas
o anciano paso por las calles hondas,
le diré que le viven todavía
y le coronan con laureles nuevos:
su memoria perdura en su palabra,
acaso en su plegaria y en su hondura:
son más buenos, mejor, somos más buenos
más segovianos cuando está presente,
y también más poetas y más niños.
(Carta en verso de fe
para que llegue a Don Luis, Segovia 1972)
me levanto a volar, querido amigo.
Quiero llegar a usted que se ha hecho vuelo
infinito en la eterna confidencia.
Le debo algunas líneas de optimismo
porque se nos marchó tan de repente
y que su hueco me duele todavía
y para agradecer nunca se escribe
con carencia de estrellas en el alma.
A SAN JUAN DE LA CRUZ
Gracias por los poemas que escribiste.
Gracias por las hogueras que fundiste.
Gracias por las palomas que salvaste.
Con dejarte alumbrar, nos alumbraste.
Con dejarte perder, nos descubriste.
Con dejarte morir, nos reviviste.
Con dejarte clavar, nos desclavaste.
Juan de la Cruz, amigo, hoy nos agobia
otra noche arrogante sin estrellas
que desea enterrarnos en la nada.
No te vayas del cielo de Segovia.
Imprime tus poemas y tus huellas.
Adviértenos su cálida mirada.
(Pregón IV Centenario)
MONTAÑA
de la vertiente fría carpetana
o se eleva tu tierra en la palabra
eremíticamente silenciosa
para crecer en densidad de huella?
¡Monte violeta, manantial que vierte
verdad y sueño en desposorio limpio!
DIOS EN LO ALTO
que tocas con tu frente silenciosa.
Dios recibe tus ansias. Se desposa
con tu grito de luz en crecimiento.
La sólida raíz de tu cimiento
sostiene el vuelo de tu pétrea rosa.
Naciste en la mano fervorosa
que, rezando al tallar, te hizo portento.
Lámpara fiel de llamas teologales
que colocas al hombre en los umbrales
del cielo que tu piedra solicita.
Tu columna de oro siempre alcanza
la paz del corazón y la esperanza
que llevas en tu alma manuscrita.
(Sonetos a la Torre de San Esteban)