Perdóneme, don Luis, si he prometido
al iniciar mi carta confidente,
enviarle unas líneas de optimismo.
Tal vez le agradece más mi triste llanto
en el destierro de esta carne humana,
que ocultar las cavernas que sus ojos,
desasidos y eternos, ya conocen.
Debo ser fiel al Padre y a usted mismo
que aprobó la carrera de ser hijo.
Debo decir en alto mi lamento
sencillo y fraternal, brindar las ramas
de mi árbol humilde para nido
que levante su hogar sobre la tierra.
Y, si clavan mis miembros, y, si encienden
la primavera de mi carne breve
en arroyos de sangre luminosa,
seré poema de bermejo barro
que permita gozar a manos niñas
con cálidos misterios de esperanza.
Don Luis, amigo, nunca se decrece
cuando la hoz enjuga las espigas
se llega blancamente a las hogazas
que nutrirán después eternidades.
Pero el crecer del hombre se adultera
cuando la niebla impregna su desvelo.
Hay cada vez más niebla en las pupilas
y más filo en los dientes del instinto
hasta la luz jerárquica padece
telarañas de duda disfrazada
que atrapa mariposas inocentes.
(Carta en verso de fe
para que llegue a Don Luis, Segovia 1972)