Aquí no tengo tierra; ellos tampoco,
pero yo sé que soy un caminante
con alforjas de luz sobre los hombros,
con alas en la sangre; ellos ignoran
el corazón herido que les hierve
y, a espaldas de la luz, construyen muros
para ocultar su polvo transeúnte.
Sufro mucho, don Luis, sufro por ellos,
porque les dicen que al Amor le crea
la incurable niñez de algún poeta,
los enfermos de vuelo transcendente
que nacen golondrinas en el alma,
los débiles que temen dar el nombre
de prosaica verdad a cada cosa…
No es fácil penetrar en sus entrañas
para abrirles sus ojos infinitos,
para romper el hielo que silencia
la palabra de Dios entre sus dedos.
He aquí mi dolor, mi llaga viva:
sentir el pulso del Amor Creante,
saber que escribes seres, que se goza
como el poeta al pronunciar su sangre,
y que estos seres quieren “liberarse”,
rebeldes en el seno como fetos
que muerden las entrañas de la madre.
(Carta en verso de fe
para que llegue a Don Luis, Segovia 1972)