Es triste vuestra vida: Hay polvo.
No muchos lo ven; pero hay polvo.
Lo respiráis
en lenta asfixia
hacia la angustia.
Levantáis polvo.
Cultiváis polvo
locos de polvo
edificáis manicomios fáciles
para quien no se resigna a morir
de polvo.
Es triste vuestra vida: Hay polvo.
No muchos lo ven; pero hay polvo.
Lo respiráis
en lenta asfixia
hacia la angustia.
Levantáis polvo.
Cultiváis polvo
locos de polvo
edificáis manicomios fáciles
para quien no se resigna a morir
de polvo.
No, hermanos comunistas.
Dios no ha plantado ni ha creado
el árbol de sangre
que da sombra a la siesta de los ricos.
Dios grita y enrojece más que vosotros, y con vosotros,
estrellas de sangre,
montañas de sangre,
árboles muertos de sangre,
horizonte pleno de sangre
en el oscuro corazón sin sangre
de ellos…
Hermanos:
No es de noche.
Nunca es de noche ya
desde la noche aquélla
en que Dios -de tan Dios-
nos pidió nuestros pies para cansarse,
nuestras manos para nacerse callos,
y nuestros ojos para estar miope,
nuestra boca para gritar camino,
y nuestro corazón para espirar.
Y son ellos, Señor
mis hermanos llagados de existencia.
Digo sí a mis hermanos.
Les veo desenterrar su soledad
a cualquier tarde de cualquier hastío.
Estoy solo con mis hermanos.
No saben que las tapias altas de su egoísmo
ahogan con su sombra
las semillas
de su jardín posible.
Serpiente de este siglo, enmascarada
con sabia egolatría. Su veneno
está dentro del hombre, y en su seno
le germina el vacío de la nada.
La nutre oscura sangre concentrada
en odio inmaculado, y en sereno
río de cinismo, fluye cierto y pleno
hacia la mar atea canonizada.
Decrece el hombre y crece la serpiente,
alimentada de su carne impura.
Si alguien profeta habla de esperanza
se holla su palabra impunemente.
Libre en esclavitud el hombre avanza
hacia una noche como nunca oscura.
Clausuráis vuestra puerta con cerrojos
de hielo artificial, sabios inviernos
sobre los doce meses de la esfera.
Las palomas no anidan y se mueren
en vuestro palomar, pero ¿qué importan
esos montones blancos de palomas?
Otra montaña más de nieve
sobre el paisaje inútil de la vida.
Otro vellón de nubes desmayado,
otro chorro de flores apagado
otro cadáver más del crudo invierno.
Sobre mi sangre pesa vuestra sangre,
gravita la orfandad de vuestra vida
paloma en vuelo rota por las alas
Mi sangre, filial vuelo de esperanza
sobre el breve parentesco del tiempo,
siente dolor de peso, vuestro peso
de tierra sin espigas o con ellas
paro vacías en lanzada erguida
hacia la luz que las corona y lava.
Seudo- ascético azote que encadenas
la sangre joven al dolor oscuro.
Negación de la luz, actor impuro
del dramático dios con que envenenas.
El Amor no es así. Y de sus penas
brota la luz que lleva a buen seguro.
Déjanos ya volar al cielo puro
hechas alas de sangre nuestras venas.
Lo divino y lo humano se fecunda
como el sol y la tierra en primavera,
para brotarse flor, espiga o nido.
Cesa ya de morir. No nos infundas
tu miedo de siniestra calavera.
Dios en carne de niño ya ha nacido.
Y sé que estoy llamando al hombre en las raíces,
cuando, tal vez, el hombre ignora que ha nacido.
Le diré que se inunde en el altar del ser
para encender los astros que esperan su mirada.
Profeta de la hormiga que parte su destino
en agobio de granos vacíos de misterio.
Profeta de las piedras inciertas del camino
que rueda ciegamente sin hogar de ternura.
Pocos saben que naces. Nos devora
la prisa de las cosas. Desafía
la noche sin estrellas. Descarría
la turbia posesión de cada hora.
La mentira se yergue y se doctora
en forma estéril de sabiduría.
El hombre de sí mismo desconfía,
dura roca de carne lloradora.
Pero vuelve a nacer: algún poeta
plantará, niño loco, la violeta
del asombro sin precio ni medida.
Vuelve a nacer, Señor. Los pocos niños
que nacen, necesitan tus cariños
para ser esperanza sostenida.
No con golpes de hacha
se abren caminos en la senda espesa.
No talando ternuras vegetales
donde viven los pájaros
y anida el corazón de la esperanza;
no soltando los lobos de la ira
que matan la sonrisa con sus dientes;
no profanando parque donde juegan
palomas confiadas
con niños-sólo niños-asombrados;
no buscando rebeldes silogismos
con veneno de odio;
no borrando caminos a la vida;
no callando los versos de las rosas
y el vuelo soñador de los cipreses;
no amurallando el ser entre dos letras
-ene y ó- como bloques de cemento…:
no golpes de hacha se construye
la catedral del hombre…
Al Amor no le bastan las palomas
con mensajes de nieve en bella danza,
ni le basta la hierba de las lomas
que yergue el corazón de la esperanza;
No le basta ser lila en el ocaso
ni sorprendido juez entre las redes;
su mar de luz no cabe en nuestra voz;
nadie encarcela a Dios entre paredes.
Me he vuelto ruiseñor, mirándote a los ojos
en ellos he leído los caminos abiertos
por la sangre nacida de tu nombre de Madre.
Guadalupe te llamo y siento en las arterias
un gorjeo de rosas hermanadas en verso.
La historia se refleja en el oculto río
de tu nombre que nutre al limpísimo árbol.
Nunca estuvimos solos salvando el horizonte
más allá de los mares de incógnita grandeza.
Tú nos acompañabas, limabas las aristas
de la rabia guerrera o la fiera codicia,
sembrabas nuestra sangre en su sangre humillada
para hacernos familia unida en tu presencia.
Cuando la niebla con sarcasmo ciega
las pupilas del hombre, cuando llega
la oscura soledad a sus entrañas
por sendero de letras alimañas;
GRACIAS por el gran sol que mucho antes
encendiste, CERVANTES.
Cuando el rayo taladra el universo
y no se escribe con amor el verso
ni se escucha el lenguaje de la estrella
por ser de Dios la luminosa huella;
GRACIAS por dar camino a los errantes
con tu
pluma, CERVANTES.
Gracias, pluma paterna, por crearnos.
Españoles nacimos, hombres somos.
Miraste con amor nuestra existencia
y con luz de experiencia flagelada.
Tú supiste leer en nuestra arcilla
el drama de los sueños destrozados.
Tú, buen samaritano, nos curaste
el complejo de locos entre cuerdos
y la anemia de cuerdos entre locos.
Este siglo de luz adolescente
se desmaya en grisácea geometría.
Sus ciudades espesas de agonía
mueren de frío y soledad mordiente.
Disfrazado de ciencia, vive ausente
del río de la sangre. Y todavía
ufanamente clama y desafía
desde el suelo fugaz de su pendiente.
Vierte tu sol, Cervantes, en las cosas
que persisten aun desalentadas.
Enséñanos a cultivar las rosas
en cálidos jardines de miradas.
Haznos hermanos de las mariposas
y ruiseñores de las alboradas.
(Seis sonetos agradecidos para Don Miguel de Cervantes)
Gracias, don Luis, por haber sido y ser
amigo transparente y generoso.
Le contaré más flores entre zarzas,
más niños flagelados entre hombres.
Le diré que mis pies hacen caminos
y que su voz aleja mi cansancio.
Hablaremos en verso confidente
para seguir salvando la esperanza
con arroyos azules de lirismo.
Quiero vivir, don Luis, quiero salvar
ese cadáver niño que los hombres
esconden a mi paso turbiamente
por miedo a que mi voz le resucite;
deseo despertar las mariposas
que ignora su sonrisa demacrada,
hacerlos cazadores de silencio
en donde habita la palabra cierta,
pacificar su corazón cansado
de escribir ilusiones en el agua,
verter su soledad en la plegaria
y poblar su colmena con abejas
que hasta del cardo liben alegría.
Usted creyó, don Luis, en esta savia
que alimenta mi voz temprana y vieja,
creyó en el niño fiel que me gravita
y que intentó salvar a manos llenas,
creyó en las viejas cales de mi casa,
en sus castas goteras fecundando
entrañables nostalgias de otros días;
Perdóneme, don Luis, si he prometido
al iniciar mi carta confidente,
enviarle unas líneas de optimismo.
Tal vez le agradece más mi triste llanto
en el destierro de esta carne humana,
que ocultar las cavernas que sus ojos,
desasidos y eternos, ya conocen.