No, hermanos comunistas.
Dios no ha plantado ni ha creado
el árbol de sangre
que da sombra a la siesta de los ricos.
Dios grita y enrojece más que vosotros, y con vosotros,
estrellas de sangre,
montañas de sangre,
árboles muertos de sangre,
horizonte pleno de sangre
en el oscuro corazón sin sangre
de ellos…
No tiene la culpa Dios.
El chato ser que ha proclamado
el egoísmo no es Dios. Lo edificó
como castillo frío e inhóspito su cadáver agresor.
Dios está vivo: está loco de vida.
A vuestro lado,
esperando un: “Oh ¿eres mi amigo?”
para deciros: “desde siempre soy”.
No, no podemos culparle.
Es demasiado fácil refugiar el odio, el resentimiento,
la comodidad,
tras el sepulcro
de una luz manchada
a nuestro antojo.
Es demasiado fácil
culpar al horizonte
de su mentido beso con el cielo
y concluir: “No hay cielo. Todo es mentira”
o ingenuamente decir: “Lo hay. Son esas
nubes plomizas de tormenta”.
Porque el problema es
la estatura del hombre
y su mirada,
con libre decisión hacia la arcilla.
Dios no tiene la culpa.
Somos nosotros, también vosotros,
en calumnioso robo de su ser,
quienes hemos cincelado
su estatua,
a nuestra medida fría y muerta.
Nos daba miedo el amor.
Nos está dando miedo su amor.
Hasta ahí ha llegado
nuestra nada: preferir la sombra del vacío
a la enterrada luz gritando
en el filo de nuestro anhelo íntimo.
Enterrada luz. Amor enterrado.
Antes nosotros, tal vez;
ahora, obstinadamente, vosotros.
¿Cuándo es hoy, el amor?
¿Cuándo deja de ser nuevo,
de tan cotidiano, su Mandamiento?
Entonces será Dios a nuestro alcance
cuando hayamos cedido la palabra
a la flor que nos quiere nacer
en cada mano enlazada
sosteniendo en común
cada dolor y cada frío,
esperando -nuestras miradas-
línea única al sol
su calor.
Entonces será Dios en nuestras vidas
lo que está siendo en soledad que espera
tras las murallas,
que yergue
el egoísmo y odio en guerra
con ebriedad de sangre.