15/10/23

DIOS NO TIENE LA CULPA

 



 


No, hermanos comunistas.

Dios no ha plantado ni ha creado

el árbol de sangre

que da sombra a la siesta de los ricos.

 

Dios grita y enrojece más que vosotros, y con vosotros,

estrellas de sangre,

montañas de sangre,

árboles muertos de sangre,

horizonte pleno de sangre

en el oscuro corazón sin sangre

de ellos…

 

No tiene la culpa Dios.

El chato ser que ha proclamado

el egoísmo no es Dios. Lo edificó

como castillo frío e inhóspito su cadáver agresor.

 

Dios está vivo: está loco de vida.

A vuestro lado,

esperando un: “Oh ¿eres mi amigo?”

para deciros: “desde siempre soy”.

 

No, no podemos culparle.

Es demasiado fácil refugiar el odio, el resentimiento,

la comodidad,

tras el sepulcro

de una luz manchada

a nuestro antojo.

Es demasiado fácil

culpar al horizonte

de su mentido beso con el cielo

y concluir: “No hay cielo. Todo es mentira”

o ingenuamente decir: “Lo hay. Son esas

nubes plomizas de tormenta”.

Porque el problema es

la estatura del hombre

y su mirada,

con libre decisión hacia la arcilla.

 

Dios no tiene la culpa.

Somos nosotros, también vosotros,

en calumnioso robo de su ser,

quienes hemos cincelado

su estatua,

a nuestra medida fría y muerta.

 

Nos daba miedo el amor.

Nos está dando miedo su amor.

Hasta ahí ha llegado

nuestra nada: preferir la sombra del vacío

a la enterrada luz gritando

en el filo de nuestro anhelo íntimo.

Enterrada luz. Amor enterrado.

Antes nosotros, tal vez;

ahora, obstinadamente, vosotros.

 

¿Cuándo es hoy, el amor?

¿Cuándo deja de ser nuevo,

de tan cotidiano, su Mandamiento?

Entonces será Dios a nuestro alcance

cuando hayamos cedido la palabra

a la flor que nos quiere nacer

en cada mano enlazada

sosteniendo en común

cada dolor y cada frío,

esperando -nuestras miradas-

línea única al sol

su calor.

 

Entonces será Dios en nuestras vidas

lo que está siendo en soledad que espera

tras las murallas,

que yergue

el egoísmo y odio en guerra

con ebriedad de sangre.