Hermanos:
No es de noche.
Nunca es de noche ya
desde la noche aquélla
en que Dios -de tan Dios-
nos pidió nuestros pies para cansarse,
nuestras manos para nacerse callos,
y nuestros ojos para estar miope,
nuestra boca para gritar camino,
y nuestro corazón para espirar.
Dios está aquí, hermanos: No temáis.
Dios es nosotros,
pero en las raíces
de nuestro sueño amplio y generoso,
en las raíces
de nuestro árbol de maduros frutos
y también de hojas secas en otoño
esperando abonar la primavera
del paisaje inmortal.
Dios está aquí
ya ¿para qué obstinarse
en gritar soledad desesperada?
Es mentira el matiz de toda angustia
y es desnuda su orgullo y su odio.
Es cobarde la huída
a la oscuridad de ojos cerrados
deliberadamente.
Ya no hay frío, ni establos, ni pastores…
Pero, perdón, Señor,
sigues naciendo -de noche-
en todos los suburbios
en todos los salarios de injusticia
en los esclavos -y esclavas- del capricho ajeno.
Hay noche sin que nazcas
en esos corazones tan vestidos
que nunca tienen frío y nunca tienen noche…
Y quizá nunca estrellas…