Clausuráis vuestra puerta con cerrojos
de hielo artificial, sabios inviernos
sobre los doce meses de la esfera.
Las palomas no anidan y se mueren
en vuestro palomar, pero ¿qué importan
esos montones blancos de palomas?
Otra montaña más de nieve
sobre el paisaje inútil de la vida.
Otro vellón de nubes desmayado,
otro chorro de flores apagado
otro cadáver más del crudo invierno.
Pero Dios nace, nace en el latido
de vuestro mismo corazón enfermo.
Y otros pájaros quedan no alcanzados
por el disparo corto del sentido.
Otros besos de flor a las pupilas.
Otro manso galope de montañas.
Otras naves azules avanzando.
Otros niños que nacen y otras madres.
Otras estrellas a donde no llegan
la astronave del hombre y sus microbios.
Y ¡tan fácil sería derribar
vuestra torre de hielo monosílabo!
“No” proclamáis en frío martillazo
al mismo sol sobre el cristal del mundo.
Y, aunque no muere el sol, quebráis sus rayos
en pedazos que hieren las pupilas.
Dejad, artistas del metal más negro
vuestro trabajo estéril. Nadie puede
comprimir el espacio en una estatua
ni avasallar la eternidad en horas.
Apagad vuestra sed con otras aguas;
jamás se saciará la nada erguida.
Y, por si un día, hermanos, no os reís
de mi sangre de fe, por si estáis vivos
a unos gramos de amor, sabed que sufro,
lo repito de nuevo, me gravita
vuestra sangre en difícil equilibrio
cuando lloráis la fría navidad
de nuestro niño muerto de razones.