En el atardecer y el silencio maduro
de la aldea escondida al pie de la montaña,
yo buscaba penumbra de paz contemplativa
por librar mi sangre de fríos silogismos.
Entonces conocí vuestro vuelo de alondras
hecho voz, casi humana, sobre la tierna aldea.
La vieja torre alzaba su corazón al viento
y latía en vosotras su llamada a lo eterno.
Os miré dulcemente como a amigas de siempre
como si pronunciarais mis himnos olvidados,
como si fuerais hijas de mi sangre fundida
y hecha bronce que canta misterios infinitos.
Sentí mis ojos libres de tanto gris asfalto
que al filo de la urgencia se acumula en el alma.
Una lluvia de estrellas hechas canción de bronce
se derramó en mis labios para latir el verso.
Y escribo o rezo o canto con sólida alegría
la plenitud redonda de vuestra boca abierta.
Os pido ser madera de la recia melena
que purifique siempre vuestra llamada limpia.
Os pido que la voz aflore de mi carne
como aflora el sonido de vuestro bronce virgen.
Os pido ser llamada, ser luz hecha canción
para alertar al hombre a ser vuelo infinito.