En el atardecer y el silencio maduro
de la aldea escondida al pie de la montaña,
yo buscaba penumbra de paz contemplativa
por librar mi sangre de fríos silogismos.
Entonces conocí vuestro vuelo de alondras
hecho voz, casi humana, sobre la tierna aldea.
La vieja torre alzaba su corazón al viento
y latía en vosotras su llamada a lo eterno.