Al Amor no le bastan las palomas
con mensajes de nieve en bella danza,
ni le basta la hierba de las lomas
que yergue el corazón de la esperanza;
No le basta ser lila en el ocaso
ni sorprendido juez entre las redes;
su mar de luz no cabe en nuestra voz;
nadie encarcela a Dios entre paredes.
Su palabra en los seres camino,
camino nada más, hacia la cumbre;
peldaños son de tierra el pan y el niño
que nos elevan a su blanca lumbre.
Dios palpita más cerca todavía:
sobre lo natural de nuestros ojos;
le cautiva la pura cercanía
y se humilla a besar nuestros despojos;
se sumerge en la historia de puntillas
cuando la noche clava su pisada
sólo calienta su temblor de arcilla
en cuna de mujer extasiada.
La Palabra hecha carne es tan humana,
tan nota arrodillada de salterio
tan alba silenciosa, tan fraterna,
de pura transparencia, que el misterio
solamente penetra en los pastores
amigos de los árboles y el viento,
hermanos de las hierbas y de las flores,
maduras de honradez y sentimiento.
Niños son los pastores, hombres niños
en donde vierte Dios su confidencia,
por eso con hermosos desaliños
anuncian el calor de su vivencia.
Nosotros, aliñados sabihondos
no reservamos celda a lo divino
y morimos por sabios y por hondos
en la orilla ilustrada del camino.
Acaso nuestro miedo a la plegaria
al bronce virginal que nos revelas
a su señal de viva luminaria
en los preceptos con que, Padre, velas
golpeas nuestras sienes demacradas
de calcular ministros desnutridos;
acaso defendemos rebanadas
de sangre lujuriosa entre los ruidos.
Acaso nos flagelan turbias olas
del cansancio acero en tiranía;
acaso adulteramos amapolas
entre las nieblas, esperando el día.
Acaso en nuestra carne se diluye
mordiente duda que nos cierra el paso;
acaso el mismo “acaso” vive y fluye
de nuestro corazón, desnudo acaso.
Pero Dios no se cansa, nunca cesa
de abrirnos su Palabra salvadora,
sigue la nieve blanca, sigue ilesa
su llamada de luz desde la aurora.
Altar de intimidades, Alpinista
que asciende pan a pan y vino a vino
al latido del hombre, a la conquista
del amor más humano y más divino
espera como madre silenciosa
al hijo fugitivo que regresa;
tiene miles de pétalos su rosa
y con miles de pétalos nos besa.
(Siempre la luz II. Tres poemas)