22/9/22

LA LUZ SOBRE NUESTROS OJOS

 


 

Al Amor no le bastan las palomas

con mensajes de nieve en bella danza,

ni le basta la hierba de las lomas

que yergue el corazón de la esperanza;

 

No le basta ser lila en el ocaso

ni sorprendido juez entre las redes;

su mar de luz no cabe en nuestra voz;

nadie encarcela a Dios entre paredes.

 

Su palabra en los seres camino,

camino nada más, hacia la cumbre;

peldaños son de tierra el pan y el niño

que nos elevan a su blanca lumbre.

 

Dios palpita más cerca todavía:

sobre lo natural de nuestros ojos;

le cautiva la pura cercanía

y se humilla a besar nuestros despojos;

se sumerge en la historia de puntillas

cuando la noche clava su pisada

sólo calienta su temblor de arcilla

en cuna de mujer extasiada.

 

La Palabra hecha carne es tan humana,

tan nota arrodillada de salterio

tan alba silenciosa, tan fraterna,

de pura transparencia, que el misterio

solamente penetra en los pastores

amigos de los árboles y el viento,

hermanos de las hierbas y de las flores,

maduras de honradez y sentimiento.

 

Niños son los pastores, hombres niños

en donde vierte Dios su confidencia,

por eso con hermosos desaliños

anuncian el calor de su vivencia.

 

Nosotros, aliñados sabihondos

no reservamos celda a lo divino

y morimos por sabios y por hondos

en la orilla ilustrada del camino.

 

Acaso nuestro miedo a la plegaria

al bronce virginal que nos revelas

a su señal de viva luminaria

en los preceptos con que, Padre, velas

golpeas nuestras sienes demacradas

de calcular ministros desnutridos;

acaso defendemos rebanadas

de sangre lujuriosa entre los ruidos.

 

Acaso nos flagelan turbias olas

del cansancio acero en tiranía;

acaso adulteramos amapolas

entre las nieblas, esperando el día.

 

Acaso en nuestra carne se diluye

mordiente duda que nos cierra el paso;

acaso el mismo “acaso” vive y fluye

de nuestro corazón, desnudo acaso.

 

Pero Dios no se cansa, nunca cesa

de abrirnos su Palabra salvadora,

sigue la nieve blanca, sigue ilesa

su llamada de luz desde la aurora.

 

Altar de intimidades, Alpinista

que asciende pan a pan y vino a vino

al latido del hombre, a la conquista

del amor más humano y más divino

 

espera como madre silenciosa

al hijo fugitivo que regresa;

tiene miles de pétalos su rosa

y con miles de pétalos nos besa.

 

(Siempre la luz II. Tres poemas)