23/9/22

EL CALOR DE SUS MANOS ALIMENTA

 


 

El calor de Sus Manos me alimenta;

lo sé por la razón y por el tacto:

hoja verde, sin tallo me apacienta

con latido de savia fiel y exacto.

 

Sé también que no vuelo amarillento

en el otoño que deshoja muerte

pero prefiero ser atado al viento

sonrisa verde que en la luz se vierte;

Sé que tienen mi piedra prisionera

en el vértice alado de la ojiva;

pero se apoya en mí la primavera

perenne de su paz contemplativa;

Sé que sólo soy niño sin futuro

y no quiero aprender otros idiomas,

pero no me avergüenzo por maduro

ni por amigo fiel de las palomas.

 

Llevo a mis hombros las alforjas llenas

del calor de Sus Manos: deposito

estrellas en la noche de las venas

del hombre, y si me abro, le transito.

 

Yo bautizo, es decir, soy la vasija

que fecunda la carne con Su agua

sello con luz al alma y la proclamo hija

y la templo en la lumbre de su fragua.

 

Yo confirmo la voz con bronce nuevo

fundido en el hogar de la esperanza,

y abro sus alas, su torre elevo

que, campanario ya, canta y avanza.

 

Y cicatrizo ánforas quebradas

por el oscuro golpe del engaño:

absuelvo de tinieblas alojadas

en corderos perdidos del rebaño.

 

Tengo labios de carne, pero hablo

y Dios escucha mi palabra leve

y camina por ella, hasta se atreve

a poner su morada en mi vocablo.

 

Yo le tomo en las manos, Pan Amigo,

y reparto su Amor a manos llenas

penetro en las entrañas, soy testigo

de su Sangre vertida en nuestras venas.

 

Yo bendigo el amor entre dos seres

para que Dios prosiga con los niños

siendo el brazo de Dios quien se mueve

para que no le asuste Su cariño.

 

Soy, como véis, misterio de respuesta

porque mi carne frágil tiene poros:  

a veces soy amor como ésta

pero, a veces, la noche me desgarra trozos.

 

Sin embargo, proclamo mi derecho a llamaros:

me otorga la palabra el amor con que os vivo

si, a veces, soy tiniebla, más veces soy el faro

que derrama Su Luz, en esta luz cautivo.

 

Y la Luz en mi sangre cobra mi forma humilde,

transita las veredas de mi desnuda tierra,

si soy angosto y gris, nadie me tilde

de ser espejo que a mentir se aferra.

 

También yo tengo sed en desbandada

que me finge pantanos transparentes.

También el corazón se me anonada

cuando el sol me desnuda de repente.

 

Pero sé que la incógnita del alma

se resuelve con luz cruda y sincera,

sé que el amor de sangre nos empalma

con el milagro de la primavera.

 

Sé que la duda hierve cuando abrimos

ventanas al cansancio de las sombras;

que no dejamos huellas si escribimos

nuestro poema sobre blanda alfombra.

 

Sé que Dios es Amor y que amanece

el calor de sus manos en mis manos;

que ahora mismo en mi pluma nace y crece

para llamaros hijos, mis hermanos.

 

(Siempre la luz III. Tres poemas)