El calor de Sus Manos me alimenta;
lo sé por la razón y por el tacto:
hoja verde, sin tallo me apacienta
con latido de savia fiel y exacto.
Sé también que no vuelo amarillento
en el otoño que deshoja muerte
pero prefiero ser atado al viento
sonrisa verde que en la luz se vierte;
Sé que tienen mi piedra prisionera
en el vértice alado de la ojiva;
pero se apoya en mí la primavera
perenne de su paz contemplativa;
Sé que sólo soy niño sin futuro
y no quiero aprender otros idiomas,
pero no me avergüenzo por maduro
ni por amigo fiel de las palomas.
Llevo a mis hombros las alforjas llenas
del calor de Sus Manos: deposito
estrellas en la noche de las venas
del hombre, y si me abro, le transito.
Yo bautizo, es decir, soy la vasija
que fecunda la carne con Su agua
sello con luz al alma y la proclamo hija
y la templo en la lumbre de su fragua.
Yo confirmo la voz con bronce nuevo
fundido en el hogar de la esperanza,
y abro sus alas, su torre elevo
que, campanario ya, canta y avanza.
Y cicatrizo ánforas quebradas
por el oscuro golpe del engaño:
absuelvo de tinieblas alojadas
en corderos perdidos del rebaño.
Tengo labios de carne, pero hablo
y Dios escucha mi palabra leve
y camina por ella, hasta se atreve
a poner su morada en mi vocablo.
Yo le tomo en las manos, Pan Amigo,
y reparto su Amor a manos llenas
penetro en las entrañas, soy testigo
de su Sangre vertida en nuestras venas.
Yo bendigo el amor entre dos seres
para que Dios prosiga con los niños
siendo el brazo de Dios quien se mueve
para que no le asuste Su cariño.
Soy, como véis, misterio de respuesta
porque mi carne frágil tiene poros:
a veces soy amor como ésta
pero, a veces, la noche me desgarra trozos.
Sin embargo, proclamo mi derecho a llamaros:
me otorga la palabra el amor con que os vivo
si, a veces, soy tiniebla, más veces soy el faro
que derrama Su Luz, en esta luz cautivo.
Y la Luz en mi sangre cobra mi forma humilde,
transita las veredas de mi desnuda tierra,
si soy angosto y gris, nadie me tilde
de ser espejo que a mentir se aferra.
También yo tengo sed en desbandada
que me finge pantanos transparentes.
También el corazón se me anonada
cuando el sol me desnuda de repente.
Pero sé que la incógnita del alma
se resuelve con luz cruda y sincera,
sé que el amor de sangre nos empalma
con el milagro de la primavera.
Sé que la duda hierve cuando abrimos
ventanas al cansancio de las sombras;
que no dejamos huellas si escribimos
nuestro poema sobre blanda alfombra.
Sé que Dios es Amor y que amanece
el calor de sus manos en mis manos;
que ahora mismo en mi pluma nace y crece
para llamaros hijos, mis hermanos.
(Siempre la luz III. Tres poemas)
