Me he vuelto ruiseñor, mirándote a los ojos
en ellos he leído los caminos abiertos
por la sangre nacida de tu nombre de Madre.
Guadalupe te llamo y siento en las arterias
un gorjeo de rosas hermanadas en verso.
La historia se refleja en el oculto río
de tu nombre que nutre al limpísimo árbol.
Nunca estuvimos solos salvando el horizonte
más allá de los mares de incógnita grandeza.
Tú nos acompañabas, limabas las aristas
de la rabia guerrera o la fiera codicia,
sembrabas nuestra sangre en su sangre humillada
para hacernos familia unida en tu presencia.
Sin embargo, me duele el polvo que levanta
la calumnia sin alas que mancha los valores.
Los hombres anochecen en ceniza sin alma
aunque alcancen la luna sobre el brillo metálico.
Por eso tu silencio de luz contemplativa
se hace verso en mi sangre de ruiseñor rebelde.
Declararé la herida del hombre de este siglo
huérfano de misterio sin pan y sin palabra.
Lamento, Virgen Madre, ser sólo ruiseñor
sin casas discográficas que anhelen mi gorjeo
y sin prensa sincera que acoja mi mensaje.
Pero a tu lado, Madre, escribo respirando
por si mi leve brisa alimenta palomas…