Quiero vivir, don Luis, quiero salvar
ese cadáver niño que los hombres
esconden a mi paso turbiamente
por miedo a que mi voz le resucite;
deseo despertar las mariposas
que ignora su sonrisa demacrada,
hacerlos cazadores de silencio
en donde habita la palabra cierta,
pacificar su corazón cansado
de escribir ilusiones en el agua,
verter su soledad en la plegaria
y poblar su colmena con abejas
que hasta del cardo liben alegría.
Don Luis, amigo, gracias nuevamente
por haber escuchado y sonreído
mi ceniza y mi sangre, como entonces.
Porque el color eterno de su rostro,
su corazón de astro en el misterio,
no desvanece mi palabra humilde;
cura su soledad adolescente
con nieve paradójica que arde.
(Carta en verso de fe
para que llegue a Don Luis, Segovia 1972)