"Hágase en mí", rezabas. Y el aliento
del Espíritu Santo entretejía
de tu carne purísima, María,
el Cuerpo del Señor como alimento.
Todo seguía normal. El firmamento
cumplía la orden de estrenar el día.
Y por primera vez la Eucaristía
se celebraba sin notar portento.
Tú eras la ofrenda, la sacerdotisa,
la fiel que participa de la Misa
con júbilo feliz de primavera.
Revisabas tus labios y tus manos
para besar, para sentir cercanos
los latidos de Dios cuando naciera.