Gracias, pluma paterna, por crearnos.
Españoles nacimos, hombres somos.
Miraste con amor nuestra existencia
y con luz de experiencia flagelada.
Tú supiste leer en nuestra arcilla
el drama de los sueños destrozados.
Tú, buen samaritano, nos curaste
el complejo de locos entre cuerdos
y la anemia de cuerdos entre locos.
En tu puma crecimos lentamente
hasta salvar las torres del ensueño
y lanzar a voleo nuestras campanas.
Alas nos diste para alzar el polvo;
primaveras nos diste para henchirlo.
Somos tuyos, Miguel, tus hijos hombres:
hijos de tinta de tu pluma limpia,
hijos de sangre de tu noble carne.
Nadie mancillará nuestra memoria
sin riesgo de burlarse de sí mismo.
Soñaran con sonrisa nuestra imagen
que resucita su mejor anhelo.
Acaso lavarán humildemente
su cordura con límites de cálculo.
Acaso labrarán entre sudores
su barbecho tan huérfano de trigo.
Acaso escribirán en los caminos
huellas de sangre en busca de esperanza.
Acaso, acaso, solamente acaso.
Pero tú, padre fiel, descansa en andas
de tu calor humano en nuestras venas.
Esparcida ha quedado su semilla
y espigas hay o lanzas que aventuran
su lucha generosa contra el frío.
El frío material del siglo veinte
es la cordura que nos escarnece.
Pero no moriremos como locos,
tú, Quijote primero, nos respaldas.