Y son ellos, Señor
mis hermanos llagados de existencia.
Digo sí a mis hermanos.
Les veo desenterrar su soledad
a cualquier tarde de cualquier hastío.
Estoy solo con mis hermanos.
No saben que las tapias altas de su egoísmo
ahogan con su sombra
las semillas
de su jardín posible.
Digo sí a su jardín clamando.
Virotean las alas que les nacen
y a cada nueva fuente de latido
desesperadamente reptan
asesinando al sol
con deleite de sombra.
Digo sí a mis hermanos
palpando a oscuras en su busca,
para culpar mejor tu ausencia encadenada
se proclaman
mártires de heroísmo
esperando a Godot.
Y derribaré las tapias.
Abriré al menos sus puertas a la luz.
Mis hermanos, Señor, son mis hermanos
heridos por la angustia desnuda de su nada.
¿Dónde está el sí que imaginó tu amor
fecundando el paisaje de su vida?
¿Por qué deliberadamente se vacían
y escoltan su vacío?
¿Por qué me dejas solo, Señor?
Yo también estoy solo. Ellos no quieren dialogar.
¿Por qué me duele el viento
con preñez jubilosa de montañas
que acarician mis sienes?
No acaricia -huracán las suyas, las hiere.
Digo sí a mis hermanos
y me pesan los huesos.
No puedo ser feliz: me duelen
ellos
detrás de sus murallas
sordas y mudas
a mi presencia y a mi voz de sangre.
Me duelen esas puertas cerradas siete veces
salpicadas de más sangre
de mis nudillos llamando inútilmente…
de tus nudillos…
Pero…digo sí a mis hermanos.