Una blanca adolescente
cargada de blancos sueños
salió a pasear al campo
confidenciando secretos.
Los arroyos sonreían
al mirar su rostro terso.
Los pájaros dibujaban
corazones con su vuelo.
Una blanca adolescente
cargada de blancos sueños
salió a pasear al campo
confidenciando secretos.
Los arroyos sonreían
al mirar su rostro terso.
Los pájaros dibujaban
corazones con su vuelo.
Desde el Monasterio de San Vicente Segovia aparece volando. Sus múltiples torres se dirigen al cielo. Tienen vocación de altura como las cigüeñas que las coronan.
No es posible borrar la historia de esta ciudad con alas místicas.
Se ven todavía las carretas cargadas de piedra y las manos constructoras bordando iglesias románicas y primores góticos.
Se oyen latidos de reposo feliz con las tumbas predicando vida eterna.
Segovia es creyente y permanecen las lámparas de su fe encendidas. Alumbran y calientan con pétrea fidelidad.
Las Monjas Cistercienses de San Vicente elevan plegarias por esta ciudad en vuelo para que sus piedras con alas de fe jamás se cansen de volar.
Gracias por ser palabra silenciosa,
relicario de luz, ala del sueño,
historia en piedra y piedra con empeño
de traducir el alma de la rosa.
Gracias por ser mansión donde reposa
la blancura de salmo navideño.
Incienso adorador al alto Dueño
que crea cuando besa cada cosa.
Cuando tu manto de silencio puro
cobija mis anhelos, inauguro
intimidades de sabiduría.
Cúbrame tu cogulla Cisterciense
remoto monasterio, San Vicente,
y será “gregoriana” mi alegría.
Vengo de Dios que me donó la vida.
Me llamo bautizada libremente.
Soy Cisterciense jubilosamente
como hija de Dios comprometida.
Cuido bien la alegría compartida.
Soy hogar de cariño confidente.
Mi la bor es trabajo diligente
y soy con sencillez agradecida.
Lleva tu nombre claridad de cumbre
y en claro valle tu palabra habita.
La claridad de Dios te solicita
y te entregas en clara reciedumbre.
Tu corazón clarísimo de lumbre
invade con urgencia manuscrita.
El vergel de tu sangre nos invita
a salvar claridad y certidumbre.
Eres alto, Bernardo, tu estatura
liba en la Estrella permanente y pura
el origen del gozo transparente.
Vuelve otra vez cargado de palomas
y pon sobre los valles y las lomas
tu lenguaje de amor clarividente.
Yo sé de monjes con sayal de nieve
hechos de cirios vegetales.
Sé de arroyos callados de cristales
cantando un himno transparente y leve.
Sé que el silencio todavía se atreve
a entonar melodías monacales.
Sé de piedras que encienden robledales
para vestir de corazón la nieve.
Sé que naciste allí, Madre silente;
que allí vertías tu candor de fuente
y tu paz de verdor contemplativo.
Reza la historia su oración de piedra.
Llora el otoño su canción de yedra.
Mi corazón, allí, perdura vivo.
y descubro la luz de tu mirada.
Esta palabra tuya no manchada
silabea ternuras vegetales.
Van naciendo en silencio los rosales
donde mis ojos liban alborada.
Es un salmo mi vida enamorada
que recibe tu sol entre cristales.
Ingrávido seré mientras inciense
con cálido silencio cisterciense
el peso de mi carne caminante.
Porque volar en el silencio denso
es alcanzar la paz y el gozo inmenso
que abra al beso de tu luz creante.
VERSOS DE GRATITUD A LOS FUNDADORES DEL CISTER. SAN ROBERTO, SAN ALBERICO Y SAN ESTEBAN
Buscando a Dios, Roberto se aventura
a dar vigor a la fecunda regla
de Benito de Nursia, su Patriarca.
Silencio monacal; pobreza humilde;
hábito blanco que presagia el cielo;
comunión de sentires adorantes;
paisajes hechos salmos de alabanza;
asombro ante el Amor que se ha hecho hombre
en las entrañas puras de una Virgen;
soledad nutridota de latidos
contemplativamente rezadores…