VERSOS DE GRATITUD A LOS FUNDADORES DEL CISTER. SAN ROBERTO, SAN ALBERICO Y SAN ESTEBAN
Buscando a Dios, Roberto se aventura
a dar vigor a la fecunda regla
de Benito de Nursia, su Patriarca.
Silencio monacal; pobreza humilde;
hábito blanco que presagia el cielo;
comunión de sentires adorantes;
paisajes hechos salmos de alabanza;
asombro ante el Amor que se ha hecho hombre
en las entrañas puras de una Virgen;
soledad nutridota de latidos
contemplativamente rezadores…
Caballero de Dios, Roberto emprende
el camino del Císter, su camino.
Vendrán los negligentes sempiternos
a tacharle de loco, a combatirle
en sus ansias de vuelo renovante.
Pero la antorcha del querer divino
prenderá en Alberico y en Esteban.
Los tres serán raíces cistercienses
que alimenten las ansias de Bernardo.
Y con él, los caminos europeos
irán sembrando blancos monasterios.
Monjes blancos de nieve silenciosa;
hogares de la Estrella matutina;
labradoras escuelas de esperanza;
recintos de la luz contemplativa.
Gracias Roberto, Esteban, Alberico:
por habernos legado transcendencia
vestida con cogullas monacales.
En el oscuro siglo que vivimos
brilla más vuestra luz sencilla y mansa.
Proclamad otra vez con voz de nieve
la locura de Dios que se ha hecho hombre
y ha de nacer en el Tercer Milenio.
