Yo sé de monjes con sayal de nieve
hechos de cirios vegetales.
Sé de arroyos callados de cristales
cantando un himno transparente y leve.
Sé que el silencio todavía se atreve
a entonar melodías monacales.
Sé de piedras que encienden robledales
para vestir de corazón la nieve.
Sé que naciste allí, Madre silente;
que allí vertías tu candor de fuente
y tu paz de verdor contemplativo.
Reza la historia su oración de piedra.
Llora el otoño su canción de yedra.
Mi corazón, allí, perdura vivo.
