Una blanca adolescente
cargada de blancos sueños
salió a pasear al campo
confidenciando secretos.
Los arroyos sonreían
al mirar su rostro terso.
Los pájaros dibujaban
corazones con su vuelo.
Una blanca adolescente
cargada de blancos sueños
salió a pasear al campo
confidenciando secretos.
Los arroyos sonreían
al mirar su rostro terso.
Los pájaros dibujaban
corazones con su vuelo.
El Monasterio es un hogar de Dios.
Acoge entre sus musas silenciosas
el calor de la fe.
La paz se cobija en la clausura
y florece en blancas pinceladas
de cogullas litúrgicas:
son las monjas.
Asombro arrodillado.
Paz interior que alumbra los caminos.
Territorio del ser, donde la vida
se nota en el silencio.
Recolección de sílabas azules,
dispersas en las cosas,
para formar palabras, la Palabra
que nutre la existencia.
Cálida intimidad que saborea
la mirada de Dios.
Reposo activo
donde crece lo humano y su estatura
hasta sentir fraternidad de estrellas.
Pérdida en el Encuentro.
Recompensa
al generoso impulso de ser alma.
Niñez madura.
Incienso sapientísimo.
Recogida colonia de violetas.
Confidencia feliz.
Llegada al clima
de la Luz poseída y poseyente.
Alta carne con alas de misterio.
Gratitud hecha flor nunca talada.
Alabanza al Amor.
Verso, poema, música, remanso
de lago transparente.
Iniciación del paraíso eterno.
Gozo de ver y amar el Rostro de Dios Vivo.
(Con admiración y gratitud a mis queridos Contemplativos)
Señor, Tú me llamaste
para encender en mí tu llama viva.
La Gracia que arriesgaste
no quede en mí cautiva,
consuma Tu mi luz contemplativa.
Miraste mi pobreza
y enriqueció mi vida tu mirada.
Dame tu fortaleza
para que yo, tu nada,
transparente la luz de tu alborada.
¡Oh silencio querido
que tan claro me hablas del Amado!
Acógeme en tu nido
altísimo y alado
y piérdame en el vuelo enamorado.
Quiso la paz elaborarte nido
para acoger mi voz cálidamente.
Buscando paz serena y transcendente
me recibe tu paz y tu latido.
En tu paz amorosa sumergido
mi corazón -amor en trance- siento
tu corazón de piedra incandescente
manando paz y con la paz fundido.
Dichosa soledad depositaria
de la paz, hecha carne hospitalaria,
para albergar mi paz amanecida.
Afirmas con tu paz la tierna huella
de la Paz con mayúscula que sella
nuestra paz, nuestro amor y nuestra vida.
Hospedarme en tu Seno
para vivir tu Vida íntimamente.
Estar en el silencio, en que me hablas
confidencias que alumbran mi existencia.
Recolectar, en soledad Contigo,
los profundos secretos de las cosas,
su mirada hacia Ti.
Estamos en la casa del Dios Vivo
para hacernos palabra agradecida.
Gastamos como lámparas la vida
para lucir fervor contemplativo.
Tenemos corazón libre y cautivo
para salvar la libertad herida.
Somos ascetas de la gran subida
al monte del amor recio y activo
Esposas del Señor, enamoradas,
nos cautivan sus cálidas miradas
desde el manso silencio del Sagrario.
Crecemos hacia Dios cada minuto
y somos maduro y dulce fruto
de su Resurrección y su Calvario.
(Para mis queridas Monjas Contemplativas, con gratitud muy honda)
Me nutrís de silencio. Vuestra vida,
llena de paz en plenitud serena,
suaviza las aristas de mi pena
y restaura mi sangre dolorida.
En vuestra sombra, tanta luz anida,
que se hace luz el bosque, la colmena,
el corazón exento de cadena
y el gozo de la mesa compartida.
Habitáis el hogar de lo profundo.
No cabéis en el brillo de este mundo
que ignora la razón de vuestros nombres.
Pero sois, en sosiego de clausura,
estrellas que se dan en sembradura
y encienden los caminos de los hombres.
Cardeña - 28 -XII - 1988
Gracias, ¡oh Monjes!, por cuidar el viento
que da fervor al claustro silencioso.
Testigos del trabajo y del reposo
plantáis la flor del alto sentimiento.
Amables regaláis vuestro contento
con el gesto sencillo y amistoso.
Las cogullas de nieve son hermoso
verso de luz que eleva el pensamiento.
Gracias por ser preclara rebeldía
en el siglo que loco desafía
la Verdad y la Luz del gran Misterio.
Seguid hablando en el silencio puro.
Seguid mostrando el corazón maduro
en el cálido hogar del Monasterio.
Nunca estoy solo; me acompaña el vuelo
del claustro monacal y confidente:
por él paseo sosegadamente;
encuentro en él motivos de consuelo.
Convoco amaneceres en mi anhelo
de retirar la oscuridad hiriente.
Mártir mi sangre, canta con la fuente
de los mártires vivos en el cielo.
La soledad es dulce, si es amada
y se nota la cálida mirada
de Dios-Amor curando nuestra herida.
Si estáis heridos de desesperanza,
venid aquí, que en soledad se alcanza
la certidumbre de la eterna Vida.
Habito en el silencio, donde guardo
el tesoro de hablar con el Dios Vivo.
Le doy mi corazón y de El recibo
el origen del gozo con que ardo.
Mis pies se posan en el suelo pardo
con alta libertad soy fugitivo
hacia el claro fervor contemplativo
que en Claraval fundara San Bernardo.
Pero no soy misántropo egoísta
porque ofrezco la paz de mi conquista
abriendo la morada hospitalaria.
Podéis entrar a disfrutar la calma
de acumular estrellas en el alma
haciendo del amor mansa plegaria.