El Monasterio es un hogar de Dios.
Acoge entre sus musas silenciosas
el calor de la fe.
La paz se cobija en la clausura
y florece en blancas pinceladas
de cogullas litúrgicas:
son las monjas.
Toda su vida
se concentra en una palabra: DIOS.
Su vocación es ser latido de amor.
Se inmolan libérrimas
en el solo amor puro.
Irradiarán invisiblemente desde ahí
su influencia benefactora a todos los hombres.
Superarán la ignorancia
de quienes juzgan estéril su misión.
Seguirán entonando salmos
y melodías gregorianas
para convertir sus vidas
en incienso adorante.
Las monjas son
la mansa rebeldía de lo sublime
que no se resigna con la mediocridad.
Las monjas son moradas que construyen
los ángeles arquitectos
para que Dios habite feliz en la tierra.
Las monjas son
extrañas flores nacidas en invierno.
Las monjas son
“niñas de los ojos de Dios”,
a quienes El declara
doctoras en Teología experimentada.
Las monjas, cada día que pasa,
rejuvenecen más,
aunque su cuerpo se marchite.
Las monjas son señales luminosas
hacia la Vida que nunca fenece.
