me levanto a volar, querido amigo.
Quiero llegar a usted que se ha hecho vuelo
infinito en la eterna confidencia.
Le debo algunas líneas de optimismo
porque se nos marchó tan de repente
y que su hueco me duele todavía
y para agradecer nunca se escribe
con carencia de estrellas en el alma.
Aquí sigue la luz agreste y pura;
algunas veces con temblor de miedo
a colmenas prosaicas que la hostigan.
Las piedras perseveran y se encienden
con más ojos humanos cada día.
Sigue “ceniza en vilo” su Acueducto
con el alba asomada a sus ventanas
para llamarnos a galope eterno.
Usted lo sabe bien porque ha rezado
la mejor oración a su belleza.
(Carta en verso de fe para que llegue a
Don Luis Martín García Marcos, Segovia 1972)