por tu palabra gris con historias de fuego.
Fuiste llama,
fuiste ascua,
fuiste pasión quemante.
Ahora yaces, humilde y dócil,
y cualquier viento te difumina.
¿Dónde están tus desvelos ardientes,
tus sueños de luz,
tus ansias devoradoras…?
¿Qué conservas en las entrañas grises de tu pasado…?
¿Calentaste corazones eternos…?
¿Cociste el pan que alimento vidas eternas…?
¿Iluminaste senderos orientadores
hacia la perennidad con Dios…?
En tu pasada adolescencia
viviste el jugo vegetal
de las ramas en vuelo.
Cantaste el Domingo de Ramos
al Rey humilde que es la “Resurrección y la Vida”…
Tú no puedes morir.
Sigues cantando esperanza
cuando te posas en nuestras cabezas.
Tú predicadora gris,
sigues invitándonos a tener fe
en el Evangelio de la Vida.
Te quemaste para vivir.
Te consumiste para volar.
No eres un fracaso: alcanzaste la palabra de la Sabiduría.
Haz, querida ceniza, que aprendamos la lección
de tu existencia inmolada:
que nos quememos como incienso adorante;
que cantemos jubilosos al Rey
que tiene palabras de Vida Eterna;
que nos hagamos cochura de pan
para dar de comer a los hambrientos
que sepamos que el amor,
auque pase por el túnel de tu ceniza,
resurgirá con Cristo
para ser árbol vivo
de la eterna primavera.
(Miércoles de Ceniza de 1996)
