22/8/20

ATEÍSMO


AUSENTES DE DIOS
   
                                                                            

Me duele vuestra sangre                                    
tan huérfana de anhelo par seguir volando
tras el breve paréntesis del tiempo.

Me duele vuestra sangre                                              
tan poblada de espigas que se yerguen
vacías de misterio.

Me duele vuestra sangre
subordinada, a gusto, a los sentidos,
eliminando metas de eternidad con alas.

Me duele vuestra sangre.
Me doléis todos mucho porque sois
mis hermanos enfermos
en lo más frágil de mi ser: el alma.

Porque vosotros sois los pájaros heridos
de todas las preguntas.
Porque estáis solos en la huida
de vuestra propia soledad, tan honda.

Porque no tenéis Padre que os tome de la mano
en la pendiente agreste del minuto que muere.
Porque no tenéis hijos para siempre,
ni esposas para siempre…

Porque quizá jamás habéis tenido
padres, esposa, hijos…
Porque quizá jamás habéis devuelto
unos minutos limpios al amor.

II
Clausuráis vuestra puerta
y, en silencio de tétrico aposento,
apagáis los gritos de Dios rogándoos poder nacer.

Porque Dios nace cada instante, sin previo aviso,
en el latido sonoro del pájaro,
en el beso de la flor a las pupilas limpias,
en el manso galope de montañas,
en las pupilas nuevas que se abren a la luz
y quizá lloran…;
pero la navidad cósmica no llega a la plenitud
si vosotros cerráis a Dios
vuestro sendero de hormiga rebelde,
si no derribáis la torre monosilábica del “no”:
vuestra única posesión huérfana,
sobre la mentira del orgullo.

Me da pena
vuestra clausura subrayada,
vuestro frío sin nieve,
ese cerrar los ojos a vuestra sangre
para no descubrir su brioso corcel rojo
galopándoos.

¿Qué estatua de bronce
asesina a vuestros pájaros eternos?
¿Qué sed de qué
os hace avaros de la nada erguida?

Hermanos:
me duele vuestra sangre jadeante,
en oscuro y difícil equilibrio,
cuando lloráis a solas la fría navidad
de vuestro niño muerto. 

III 
Y son ellos, Señor,
mis hermanos llagados de existencia.
Los veo desenterrar su soledad
en cualquier tarde de cualquier hastío
-estoy solo con mis hermanos-.

No saben que las tapias altas de su egoísmo
ahogan con su sombra las semillas
de su jardín posible
-digo si a su jardín clamando-.

Pisotean las alas que les nacen
a cada nuevo toque de latido
y reptan, inundados de polvo
sus ojos
-digo si a mis manos palpando a oscuras en su busca-.
Y, para culpar mejor tu ausencia encadenada,
se proclaman mártires de heroísmo “Esperando a Godot”.

Mis hermanos, Señor, son mis hermanos
heridos por la angustia desnuda de su nada.
¿Dónde está el si que imaginó tu amor
fecundando el paisaje de su vida
multiplicados -niños- por Ti?
¿Por qué deliberadamente se vacían
y escoltan su vacío?
¿Por qué me dejas solo, Señor?
Yo también estoy sólo, ellos no quieren dialogar tu fuente.

¿Por qué me duele el viento,
con preñez jubilosa de montañas,
que acaricia mis sienes?
No acaricia -huracán- las suyas, las hiere…
-Digo sí a mis hermanos y me pesan los huesos-.

No puedo ser feliz, me duelen ellos
detrás de sus murallas, sordas y mudas,
a mi presencia y a mi voz fraterna.

Me duelen esas puertas, cerradas siete veces,
salpicadas de sangre de mis nudillos, de tus nudillos.
Pero,
¡digo sí a mis hermanos!