COMO EL OTOÑO
Como el otoño:
despojarme de muertes adheridas, esas hojas de mí amarillentas
que ya no nutren de aire y de sol mi vida.
en oscuras cavernas de razones
pero destruye
la Razón y el Motivo para darme.
Como el otoño,
en vuelo estilizado con los árboles
ascetas de Esperanza,
saber, en desnudez, que crece dentro
tu densa primavera de silencio
tras el invierno crudo asimilado.
Como el otoño, ser el surco abierto
a la semilla viva que me siembras.
Las hojas ocre de mis fantasías
transformadas en fértil levadura
para que nazca el Tú desde mis muertes.
Y saber que estoy vivo,
que hay presencia en Ti cuando me hiere
tu silencio,
cuando cercas inesperadamente
mi parcela de carne y sólo el grito
se escapa de mí mismo en busca tuya.
Saberme otoño aquí, desde esta cárcel
de espacio y tiempo,
y, sin perder sonrisas, esperar
el día intemporal de Tu Presencia.
Y, entre tanto, Señor, dar la palabra
al “tú” desamparado del hermano,
encenderme feliz con su mirada,
enriquecer mi vida
en cálidas corrientes de cariño.
Y salvar “lo sencillo”:
esta vida ordinaria, diluida
en tareas sin nombre y sin salario.
Henchir de poesía al trapo dócil
que nos limpia las manchas con su muerte.
Nunca alojar las iras en mis ojos
ni acariciar tristezas en mi sangre.
Abandonarme en Ti, para encarnarme
en Tu Misericordia que me sabe
manchado y roto, cual juguete inútil.
Disfrutar tu Palabra manuscrita
con tu Carne y tu Sangre repartida Eucarísticamente.
Poseer Evangelio, Buena Nueva de Alegría perpetua en mis entrañas.
Y habitarme en Ti, desde mi otoño.
(R. Matesanz, Alto silencio, Aranguren 1989, 11 s.)
