INTIMIDAD PERMANENTE CON JESUCRISTO
Mi vocación es ser íntimo tuyo, Jesucristo.
Admíteme en tu intimidad, aunque no sea digno de ella.
Una vez que te he conocido, mi adhesión a Ti es completa: abarca todo mi ser.
Eres culminación de mi actividad pensante.
Eres paraíso de mi corazón enamorado.
Eres motivo único de todas mis acciones.
Deseo poner de rodillas adorándote, amándote, a todas las criaturas del cielo y de la tierra:
que los campos florezcan para Ti;
que las palomas vuelen para Ti;
que las estrellas alumbren para Ti;
que los hombres humanicen para Ti;
que los ángeles angelicen para Ti…
Te amo. No lo puedo ni lo quiero evitar, aunque me duele mi pobreza,
que tan escasos valores propios Te puede ofrecer.
Alójame en tu intimidad para siempre.
Ocupo pequeño espacio, porque soy pequeño.
Si alguna vez te estorbo, aguanta, Señor, aguántame, aunque sea en el
más remoto rincón de tu Mirada. Pero caliéntame incesantemente
con esa Mirada tuya divino-humana.
Tu intimidad es la savia indispensable que recorre y nutre mi árbol diminuto.
Sólo tu intimidad me vive, me alumbra, me alegra.
Gracias por ser Quien eres
y por habérmelo dado a conocer a mí, criatura rebelde y mezquina.
“Quien cree en Mí -dices- tiene vida eterna”: Es verdad, Señor,
yo lo experimento, lo testifico, lo declamo entusiasmadamente.
Víveme en tu intimidad: es decir: Sostenme en la fe enamorada y transformante;
no me expulses del cielo que es la eterna intimidad Contigo.
Muchas gracias, Señor. Eres la Bondad Infinita.