Gracias, Dios mío, por haberme sugerido y haber sembrado en mi sangre
esta vocación eucarística. Este sentir todos los días, en la calidez
de tu Presencia, cómo tomas conmigo mis muertes, cómo me resucitas
en tu resurrección.
No me satisface sólo darte gracias, sino que necesito ser yo enteramente acción
de gracias. Asumo a todos los seres en mi pequeñez para ser agradecimiento:
Recojo el despertar del alma como alabanza perpetuamente nueva para Ti.
Beso las hojas caídas del otoño, porque son los minutos que te entregué
primaveralmente.
Todos mis seres queridos están junto a Ti conmigo,
cuando me hablas en silencio.
Gracias, por esta intimidad que me pediste
y que, a medida que crezco, se hace más densa en mi vida.
Soy misionero Eucarístico tuyo:
misionero de tus confidencias, misionero de tus miradas, misionero de tus palabras,
misionero de tu Cuerpo y de tu Sangre.
Sigue, Labrador mío, roturando la pobre tierra de mi corazón
para que siempre brote en mí el Pan y el Vino de tu Eucaristía.
