Santa Mónica, doctora
en lágrimas maternales,
danos alas teologales
de fe resucitadora.
Enséñanos tu plegaria
candorosa y penitente
que convoque al hijo ausente
a su casa hospitalaria.
Tú que fuiste fiel esposa,
lámpara de llama viva,
claridad contemplativa
y ternura de la rosa.
Tú que sembraste en el hielo
de tu hijo disoluto
tu corazón hecho fruto
con ansias de eterno cielo.
Tú que fuiste madre y tanto
que te hiciste fiel cobijo
de tu disipado hijo
hasta convertirle en santo.
Ven a esta tierra con frío
y sin fuego de oraciones
y cambia los corazones
que gimen en el vacío.
Pon a Dios en nuestros ojos,
pon a Dios en nuestras manos:
haznos divinos y humanos
y rompe nuestros cerrojos.
Que tengamos por oficio
amar como Dios nos ama.
Que no se apague la llama
de la oración y el servicio.
