Somos hijos de Dios, somos tus hijos.
Perseveramos en amor. Alzamos
torres de guardia señalando el cielo.
Volteamos campanas. Sostenemos
arcos de sol románico dorando
el trigo de la paz callada y recia.
Queremos bautizar el siglo veinte
en pila antigua y nueva de esperanza.
Nos duele su dolor tan arrogante
y tan ausente de la luz perenne.
Cantamos fe. Deletreamos fe.
Piedra de fe, llamamos, existimos.
Y Tú, Madre, nos nutres con tu leche
para seguir salvando ruiseñores
en sotos blancos en candor oculto.
Somos pequeños, Madre, pero inmensos
cuando, postrados de rodillas, damos
a Dios el corazón y al hombre el surco.
Trabajamos orando. Nos sembramos
sin complejo de estrellas y nacemos
espigas que se comen y alimentan.
Nos señalaste Tú, Madre serrana,
austera Madre altísima y fecunda.
Sigue escribiendo el libro de tus versos
con niños blancos, hijos de tu nieve,
con jóvenes de bronce virginal,
con padres de dolor y de esperanza,
con ancianos de espiga ya madura.
Danos tu paz serrana, tu mirada
antigua y nueva de madera y Madre
para seguir salvando el soto blanco
de corazón y tierra desposados.
