Cuando la soledad, densa niebla,
sujeta el galopar de mis pupilas;
cuando mis bosques de ceniza airada
encarcelan mis sueños luminosos;
cuando los hambrientos lobos de la mentira
averiguan las cavernas de mis debilidades
y amenazan con devorar mi corazón tembloroso…
allí estás Tú, Madre, mirándome
con alumbradora sonrisa,
allí está el cielo de tu manto azul
cobijándome.
Tú, Alba de Dios, Protopalabra de su Palabra,
regalándome confidencias de cristal inmaculado.
Tú, Virgen, tendiéndome tus manos limpias,
alzándome de mis sombras
al cálido regazo de tu cariño.
Tu Nombre, María, en mis labios
es convocatoria fértil de la Esperanza.
Tu Nombre me sustenta
con ternura maternal siempre vivificante.
Dame vivir y morir filialmente
en alas de tu Nombre.
