Tu Ser de Padre había de cuidarnos
con desvelos de detalles maternos.
Los hombres somos demasiado niños
siempre para vivir fuera de un hogar
cálido y seguro.
Por eso quisiste que tu Hijo fundara
la Iglesia como lugar en donde tu
Presencia de Padre se palpita.
Cuando la ignorancia o los prejuicios
devoradores siembran sospecha y desconfianza
en la Madre Iglesia, el hombre queda
huérfano, a la intemperie de la soledad
y la mentira disfrazada de liberación.
Necesitamos sólidas certezas sobre Ti,
sobre el hombre y sobre el mundo
para saber quienes somos y hacia
dónde vamos.
Necesitamos cálida mano que nos
lleve por caminos morales buenos y seguros.
Necesitamos vida tuya comunicada en los
Sacramentos que nos vivifique y nos renueve
permanentemente.
Necesitamos hogar, familia de hermanos
que Te llamen Padre.
Tú estás en la Iglesia cuidándonos
con desvelo de Madre.
En Ella, tu Hijo nos lleva
permanentemente a Ti.
Nos nace en el Bautismo. Nos
crece en la Confirmación. Nos cura
en la Penitencia. Nos nutre íntimamente
en la Eucaristía. Nos provee
de hermanos en el Matrimonio.
Nos orienta y vitaliza en el Orden
Sacerdotal. Nos alivia, sosiega y
abraza con abrazo eterno en
la Unción de los enfermos.
La Iglesia nos cuida y madura
para Ti, porque Tú nos cuidas
y maduras en ella.
Yo, Padre, me siento feliz
como hijo de la Iglesia,
porque sólo ella me da la
seguridad de que soy hijo tuyo.
Amo a la Iglesia, porque
amo mi filiación de Ti.
No estoy encarcelado en la Iglesia:
ella me da la libertad de saberte y amarte.
Ella me ilumina, cuando la
confusión intenta agrietar el
gozo de mis certezas.
Ella me orienta como Maestra,
Ella me perdona como Madre,
Ella me alienta como
Mamá diligente.
Gracias, Padre, por ser tan Madre
en la Iglesia, Madre.