Contigo hablo, Virgen nazarena,
Madre de Dios y Madre nuestra: Madre
que cuida nuestro hogar perennemente
con el sustento de la Eucaristía.
En tu seno purísimo comienza
la fiesta del Amor: el Dios nutriente.
Tu corazón de Virgen se arrodilla
ante el proyecto de su Plan Salvífico.
Dios modela
las dimensiones de tu ser materno.
Te quiere Madre
que nutre con su sangre la Palabra.
Te quiere la Creyente que propicia
en sus limpias entrañas
la fusión de la tierra con el Cielo.
Tú celebraste, Madre, con tu “Fiat”
la Misa originante.
Tu carne inmaculada, pan y vino,
en la patena del Amor eterno,
fue la materia de la Eucaristía.
Dios inundó tu ser con su Mirada
y transformó tu sangre en sangre suya.
Arca de la Alianza, te invocamos
porque, dentro de Ti, se dio el encuentro
de la nueva Alianza.
Culminaste la entrega con tu Hijo
junto a la Cruz, sangrando por sus llagas.
Fe y obediencia libres
que te sumergen en el plan divino.
Eres Esposa, Virgen nazarena,
del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo transsubtancia
el pan y vino de nuestro trabajo
en Carne y Sangre de tu Hijo.
Lo mismo que aquel día en que dijiste:
“Hágase en Mi según tu beneplácito”.
Te invade Dios. Te invade y te transforma
para hacerte su “Icono”, su “Modelo”:
“obra maestra” de su acción divina.
Transparentas a Dios. Eres su Forma:
Corazón del Misterio, Eucaristía.
Cuando acontece tu cariño puro
en los ojos del alma, se descubre
su presencia eucarística latiendo
en tu seno de Madre. Eres Sagrario
de paredes vivientes y latidos
que adoran al Dios-Niño-Eucaristía.
Para adorar a Dios hay que mirarte
y copiar tu mirada.
Pulir el corazón hasta volverle
cuna de amor y lámpara de sangre.