29/11/21

SEÑORA DE LA EUCARISTÍA

 


Contigo hablo, Virgen nazarena,

Madre de Dios y Madre nuestra: Madre

que cuida nuestro hogar perennemente

con el sustento de la Eucaristía.

 

En tu seno purísimo comienza

la fiesta del Amor: el Dios nutriente.

Tu corazón de Virgen se arrodilla

ante el proyecto de su Plan Salvífico.

 

Dios modela

las dimensiones de tu ser materno.

 

Te quiere Madre

que nutre con su sangre la Palabra.

Te quiere la Creyente que propicia

en sus limpias entrañas

la fusión de la tierra con el Cielo.

 

Tú celebraste, Madre, con tu “Fiat”

la Misa originante.

 

Tu carne inmaculada, pan y vino,

en la patena del Amor eterno,

fue la materia de la Eucaristía.

 

Dios inundó tu ser con su Mirada

y transformó tu sangre en sangre suya.

 

Arca de la Alianza, te invocamos

porque, dentro de Ti, se dio el encuentro

de la nueva Alianza.

 

Culminaste la entrega con tu Hijo

junto a la Cruz, sangrando por sus llagas.

Fe y obediencia libres

que te sumergen en el plan divino.

 

Eres Esposa, Virgen nazarena,

del Espíritu Santo.

 

El Espíritu Santo transsubtancia

el pan y vino de nuestro trabajo

en Carne y Sangre de tu Hijo.

Lo mismo que aquel día en que dijiste:

“Hágase en Mi según tu beneplácito”.

 

Te invade Dios. Te invade y te transforma

para hacerte su “Icono”, su “Modelo”:

“obra maestra” de su acción divina.

 

Transparentas a Dios. Eres su Forma:

Corazón del Misterio, Eucaristía.

 

Cuando acontece tu cariño puro

en los ojos del alma, se descubre

su presencia eucarística latiendo

en tu seno de Madre. Eres Sagrario

de paredes vivientes y latidos

que adoran al Dios-Niño-Eucaristía.

 

Para adorar a Dios hay que mirarte

y copiar tu mirada.

Pulir el corazón hasta volverle

cuna de amor y lámpara de sangre.