Fue puliendo tu ser de criatura
la gracia del Espíritu Divino.
Te pulió, beso a beso, hasta nombrarte
“Llena de Gracia”, verso de hermosura.
Tú vivías de Dios, como las rosas
del sol que las alumbra.
Eras así, sencillamente rosa
que piensa y se comparte cuando exhala
aromas de su ser.
Ninguna lluvia te manchó de barro.
Ninguna brisa te robó pureza.
Toda tu carne, luz, donde los ojos
de la Luz Infinita se miraban
como el espejo fiel.
Mas Tú, columna donde Dios quería
elaborar la miel de su cariño
abriste el corazón a su Palabra
llamándote “esclava” diligente.
Libaste tus entrañas. Convertiste
tus flores de virtudes,
en miel nutriente para el Dios de carne.
Cariño virgen y cariño- madre
era el color azul de tus pupilas.
Dios miraba tu mar y se inundaba
de caricias azules.
Dios navegaba en tu cariño fértil
para crecer de Ti, para sentirse
latiente corazón de carne humana.
Tú, para Él, vivías, Te donabas
con pureza de Virgen escondida,
con ternura de Madre cobijante.
Sencillamente consumaste el gozo
del asombro total.
Estabas dentro
del misterio de Dios. Eres misterio
fecundo y docilísimo
para que Dios hablara su Misterio.
Dichosa por donar tu sangre pura
a la sangre de Dios.
Y más dichosa
por escuchar abierta su palabra
y cumplir su latir con tu latir.
Sólo de amor viviste, estás viviendo
eterno corazón enamorado
de carne femenina.
Permíteme, ¡oh Virgen! que Te mire
para lavar mis ojos mancillados.
Permíteme, ¡oh Madre! que recline
mi pobre corazón en tu ternura.
Te amo porque eres criatura
suprema del Creador.
Te amo, porque eres la respuesta
del mismísimo cariño activado
en dolor y en Magnificat eterno.
No me dejes vivir, sino profeso
el amor que recibo de tu Hijo.
No me dejes morir, sino he llegado
a ser,Contigo, verso del Magnificat.
(Segovia 24 - Julio -1998)