Los avaros, Madre, no te pueden entender.
Tienen en la mirada
ansias agudas insatisfechas.
Arañan la materia y con ella
se construyen opacas tiendas sin luz.
Los avaros no viven porque no saben dar.
Sólo saben conjugar un verbo: recoger para sí.
Y nunca tienen bastante,
porque no se poseen a sí mismos en paz.
Madre, cura la avaricia de tantos corazones
ausentes de su verdad profunda.
Tú, Señora de la Generosidad,
poseedora de todo lo creado
porque te diste a Ti misma,
da razonable empleo a nuestros desvelos.
Que nuestro corazón tenga oportunidad
para realizarse amando.
(Invocaciones a la Inmaculada de pecados capitales II)