Madre, la soberbia nos lacera frecuentemente.
Hay demasiadas almas erguidas,
demasiadas arrogancias de barro.
Torres de papel edificadas sobre arena.
Hasta los valores reales se pierden
en la idolatría del “yo”.
Y la soberbia adula, para engañar,
con sugerencias de hojalata revestida
de fantásticos metales preciosos.
El soberbio es irreal.
El soberbio es ignorante.
Se cree sólido, autosuficiente.
Se aísla, perdido en sí mismo.
Y sufre dramática soledad,
cuando alguien descubre su ser de espuma.
Tú, Señora de la Humildad,
sin mancha de orgullos ni de vanidades,
cúranos de nosotros mismos,
de nuestra necedad.
Dinos que somos criaturas y no permitas
que intentemos desconectarnos del Creador.
Enséñanos que sólo sintiéndonos pequeños
podemos lograr que se rinda el Omnipotente.
Tú, Inmaculada de toda arrogancia…
Minúscula fuente de la montaña,
silencioso copo de nieve,
transfúndenos tu sangre,
para que sintamos la grandeza de ser pequeños.
Que demos oportunidad a Dios para que pueda
querernos, para que pueda multiplicar
su Infinitud por nosotros.
Entonces, sólo entonces
hará en nosotros, como en Ti, “maravillas”.
Señora de la Humildad, agrándanos con Él.
Haznos pobres, exuberantes de riqueza suya.
(Invocaciones a la Inmaculada de pecados capitales I)