¿Qué silencio tallaba tu sonrisa,
Virgen de la humildad y la ternura?
¿Qué sencillez vestía tu hermosura
de luz materna, cálida y precisa?
¿Qué gracia en vuelo como mansa brisa
sostenía la paz de tu figura?
¿Qué verso de tu sangre clara y pura
imprimía tu voz de poetisa?
Hablabas sin hablar, Virgen María;
sólo con ser vasija confidente
donde Dios anidaba complacido.
Tu corazón de Madre florecía
la Palabra de Dios, calladamente:
sólo al ritmo del beso agradecido.