Cuando ustedes me llamaron
con su amable invitación,
se vistió de primavera
entero mi corazón.
Pasar la Semana Santa
en tan grata compañía
era regalo de Dios
para aumentar mi alegría.
Y de Segovia salí
una mañana risueña,
bordeando las murallas
de la ciudad de Teresa.
El puerto de Tornavacas
me regaló una invasión
de flores blancas y malvas
como besos de oración.
Por los senderos del valle
el Jerte me sonreía
y con sus notas de agua
“Dios te quiere” me decía.
Llegué por fin a la casa
término de mi camino
y de rodillas estaba
su corazón encendido.
De rodillas adorando
la Sagrada Eucaristía.
De rodillas y cantando
mientras su puerta me abría.
Todo fue hospitalidad,
todo cariño sincero
para acoger la llegada
de este humilde misionero.
A las 5 de la tarde
en el salón me esperaban
los ancianos con sus almas
abiertas y delicadas.
Yo les doné mi palabra,
mi sincera confidencia
y ustedes me devolvieron
su riquísima vivencia.
Vine a enseñar a querer
como Maestro de Amor
y ustedes me aleccionaron
con un cariño mejor.
Vine a encender una luz
en sus ojos ya cansados
y ustedes me devolvieron
su sol experimentado.
Les doy las gracias en verso
para decirles muy fuerte
que he recibido yo más
que lo que pude ofrecerles.
Gracias las Hermanitas
Ángeles de carne humana
cuyo desvelo de madres
sin descanso se derrama.
Gracias a los residentes
tesoros de juventud
que llevan alegremente
el madero de la Cruz.
Gracias a la Virgen Pura
Ntra. Sra. del Puerto
que entre canchales ofrece
su corazón siempre abierto.
Gracias a Jesús, su Hijo,
Dios y Hombre verdadero,
Camino Verdad y Vida
nuestra alegría y consuelo.
Aunque hemos de separarnos,
siempre estaremos unidos
siempre rezaremos juntos
con fidelidad de amigos.
Y me despido de ustedes
con estos versos sencillos
porque no quiero llorar
con otros más doloridos.
Como ustedes me enseñaron,
“Queden con Dios” yo les digo,
y que Dios también se venga,
dándole gracias, conmigo.
