A Plasencia llegué cuando abril sonreía
con millones de flores en el valle del Jerte.
Mi corazón de niño dulcemente se abría
como la primavera para mejor quererte.
Las buenas Hermanitas y los ancianos buenos
acogieron gozosos mi sencilla presencia.
Mis ojos se encendían con sus rostros serenos
y mi voz se vertía en sinceras vivencias.
Gracias, Señor, entiendo tu camino de pobre
entiendo que prefieras a las almas pequeñas.
Vale más la moneda de sudor y de cobre
que el oro endurecido con entrañas de peña.
En este hogar quisiera pasar toda mi vida
amando, sólo amando, levantando esperanzas
siendo violeta o llama que pervive encendida
y que reza volando y tu cariño alcanza.
Jamás podré pagarte estos días de cielo.
Yo no los merecía y Tu me los donaste
para que nunca muera la amistad que sembraste.
