Abriste tu Querer, tu Hogar eterno
en explosión de luz con dimensiones.
El tiempo se inició por los espacios
de los seres creados y crecientes.
Se hizo la luz, tu verso transparente
definidor de formas y colores.
Se hizo el latido, surtidor de vidas
participadas de tu Vida Plena.
Amanecieron sendas anhelantes
de llegar hasta el pájaro o el niño.
Concordaba el asombro con la dicha
de estar en la existencia gratuita.
Y se fue condensando la materia,
en biológicos modos fraternales,
hasta llegar a ser morada apta
para hospedar la luz de tu Mirada.
Con esa luz, Contigo en las entrañas
se hizo consciente el hombre de tu Mano
colocando de pie su barro vivo.
Sin mácula en origen
tus Ojos y sus ojos se cruzaron,
y en diálogo de amigos, se encendieron
hogares de cariño en las miradas.
Tú te fiaste tanto que pusiste
Tu mismo ser en su vasija frágil.
Y existió el paraíso como verso
o música del ser agradecido.
Tú Creador, el hombre criatura.
Tú Dador generoso, el hombre dado,
recibido en si mismo para hacerse
respuesta personal y jubilosa.
Todo era luz reciente, todo estaba
poblado de color en armonía.
Pero llegó la sombra y la sonrisa
se apagó de repente en su semblante.
La sombra susurrante de otros mundos
desprendidos de Ti, sin tu Presencia.
¡Locura metafísica del hombre!
¡Quebrantamiento de su ser creado!
¡Mortal herida de autosuficiencia!
Y llegaron las lágrimas amargas
y el hueco en las entrañas abrumadas.
Y el hombre se escondió; pero las fieras
estaban en él mismo, en las guaridas
oscuras de su alma. Y no podía
su fuga temblorosa liberarle.
Estaba sólo el hombre en los temblores
del corazón sin rumbo ni sentido.
Pero Tú le buscaste, le llamaste,
penetraste en su llanto y sugeriste
la nueva creación en sus oídos.
Una mujer de arcilla transparente
limpiaría de sombras su mirada
dando a luz en sus ojos la Esperanza:
el Redentor del mundo: Jesucristo.
Amaste tanto al hombre dolorido
que Te diste en tu Hijo, Te humillaste
viniendo de puntillas en la carne
fielmente nutridota de la Virgen.
Otra vez las estrellas sonreían.
Otra vez las palomas dibujaban
blancas estolas en el aire leve.
Otra vez los hogares de la sangre
deshelaron los miedos de la noche.
Otra vez en el alma encendía
tu mirada de Padre que no cesa.
Gracias, Señor, estamos en tu casa.
Regaladas criaturas nos gozamos
en tu Ser que nos nutre y nos cobija.
De Ti, Contigo, en Ti nos viviremos
dándote siempre el beso agradecido
de saber que nos quieres sin cansancio.
Te llamaremos Creador, seremos
libres en tu cariño eternamente.
