Tras el cristal del sueño desvelado
el Ángel del Señor se hizo poema:
“No te turbes, José, porque María,
tu Esposa virginal, está empapada
del Espíritu Santo. Sus entrañas
alimentan al Dios de carne humana.
Tú serás el Custodio de sus vidas
como padre legal y fiel esposo.
Tú darás la llegada de puntillas
al Amor Infinito, que se esconde
en el cálido nido de la Virgen.
Recíbela en tu casa, que Ella tiene
necesidad de tu presencia casta.
Da latido al taller donde trabajas
la madera del gozo carpintero.
Plantarán azucenas en tus ojos
los ojos de tu Esposa sonriente.
Y, cuando nazca el Niño, tu regazo
acogerá su sueño confiado.
Sus manitas pondrán en tu madera
caricias inocentes, intuyendo
la Cruz donde su carne redentora,
hecha vuelo de amor,
abrazará los cielos y la tierra.
No te turbes, José, que Dios se fía
de tu sencillo corazón abierto,
de tu desvelo fiel y silencioso,
de tu cariño de plegaria oculta.
No te turbes, José, que si te turbas
se preocupa María y llora el Niño,
todavía capullo en sus entrañas.
Levántate con vuelo diligente
para traerla hasta tu casa humilde.
Enciende tu sonrisa en su sonrisa
y quédate feliz en su Magnificat…”
Y San José, con alas en el alma,
se remontó a la cumbre del asombro.
Buscó la rosa donde Dios latía
y se hizo tierra para sus raíces;
se hizo arquitecto del belén primero
donde la noche se hizo nochebuena;
se hizo emigrante abriendo los caminos
hacia el lugar seguro para el Niño;
se hizo doctor de la carpintería
para ganar el pan de confidencia.
Y en los ojos del santo Supersanto
florecieron vergeles de azucenas
para la Virgen virginizadora.
Y el Niño Dios crecía y aprendía
contemplando los ojos de José.
Y el Niño Dios, con júbilo de hijo,
nombró a José patrono del silencio,
Custodio de la paz contemplativa,
Patriarca de la Iglesia y de las almas
que abren a Dios su corazón creyente…
Querido San José, sigue fundando
talleres de cariño, donde habite
el Espíritu Santo y nos fecunde
con tu fidelidad recia y sencilla.
Cultiva en el milenio que se acerca
hogares que florezcan vocaciones.
Transfúndenos tu pulso carpintero
para labrar el corazón y darle
cristiforme cariño redimente.
Resérvanos lugar en la esperanza
del cielo junto a ti, tras buena muerte.
Que el Padre nos recoja para siempre
en su Hogar Trinitario.
Y gracias, San José, silencio activo
que cuidó la Palabra de la Vida.
Nuestros ojos ya son contemplativos
para esculpir el Nombre de Jesús
en la madera de nuestra pobreza.
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