Ven, Francisco, a la tierra flagelada
con dolor de explosiones y querellas.
Reconcilia la luz de las estrellas
con los rostros oscuros sin mirada.
Pon ósculos de amor en la pisada
de los hombres sin versos en las huellas.
Dinos que existen mariposas bellas
y montañas de nieve inmaculada.
Enséñanos a pronunciar “hermanos”
con calor en los labios y las manos
que comparten el pan y la alegría.
Que sepamos volar hacia la altura
con reciedumbre y con filial ternura
hasta alcanzar la Eterna Poesía.
