Cuando el Amor decida volcar su confidencia
sembrar en nuestra carne la Palabra infinita,
sólo encuentra un camino que salve la distancia
un camino de carne femenina y sencilla.
Eres Tú, limpia cuna del Amor Encarnado,
Virgen Inmaculada, vasija predilecta
en donde el propio artista sumerge su latido
de niño que se nace bebiendo de tu sangre.
Toda Tú fuiste cuna aquella fría noche
con jirones de estrellas decorando el establo.
Tus levísimos brazos sostenían su peso,
tus manos enjugaban su novísima carne.
Tus ojos le encendían sonrisas de ternura,
de tu pecho de madre brotaban azucenas.
Sólo Tú, cuna- madre, convertiste el establo
en el mejor hogar de la historia del hombre.
Tu fuiste necesaria para ayudar a Dios
en el lance difícil de saltar a la carne,
porque Dios es sencillo y llega de puntillas
sin protocolos serios que espanten sentimientos.
(Cinco poemas a María Virgen Madre I)