Yo, sacerdote del siglo veinte,
te doy gracias, Señor.
Hoy vengo a Ti, en Ti desde mi origen,
a florecer unas palabras confidenciales.
Amas, Señor, a los hombres
al plantar
tu árbol salvador
en mi carne.
Yo simplemente soy, una pequeña rama
de ese árbol salvador.
Alguna sombra doy,
alguien anida en mí.
Gracias por elegirme, Dios Amigo,
para llevar al hombro tus alforjas
plenísimas de luz y de esperanza.
Gracias por esta paz en mis entrañas
señalando caminos en la noche.
Aunque voy desterrado en este siglo
como Tú, porque labro corazones.
Aunque a veces la llaga del cansancio
me sujeta las plantas a la tierra,
aunque tiemblen a veces mis pupilas
buscando entre la niebla tus auroras…
siento en mi corazón gozo creciente
porque, más veces, soy estrella tuya
que enciende con su lumbre tu presencia.
Sacerdote me vivo y me pronuncio
tocado tiernamente por tus dedos,
prolongando tus manos redentoras.
Gracias, Amigo Dios, por elegirme.
(Versos de júbilo agradecido por el sacerdocio católico 1)
