Te ascendía el amor, te devanabas,
árbol de fe, buscando “vida eterna”.
A zaga de su huella descubrías
la palabra del bosque y la espesura.
Eran la sombra de su Luz los seres
y te alzabas en andas de anhelo
tras su viva presencia y su figura.
Era el amor, en ti, la “vida eterna”.
Era tus alas, tus clamores líricos
de ruiseñor crecido en el silencio.
Alto volaste, Juan, alto moriste
sumergido en la Vida que no cesa.
Todo era en ti vivir para morirte
y empezar a vivir cristificado.
Abriste el corazón a la Hermosura
y quedaste prendido en su Palabra.
Mitigaste tus ansias proclamando
la “fonte” que sabías e intuías
perpetuamente dándose en origen.
Juan de la Cruz, amigo, que fundiste
en tu palabra de poeta puro
la viva eternidad y el tiempo vivo…
Juan de la Cruz, amigo, que escribiste
con ascética sangre los caminos
que ascienden al Amor, amando siempre…
Juan de la Cruz, amigo, que dejaste
primicias de su cielo entre tus versos…
Juan de la Cruz, amigo, que volaste
tan alto y tan azul, que te perdiste
en la Palabra azul del Infinito…
Juan de la Cruz, enciende nuestras vidas
en esa “vida eterna” que alcanzaste
por ser amor en esta tierra nuestra.
Libéranos del tiempo que nos cerca.
Arráncanos del peso que gravita
en nuestros ojos de mirada corta.
Ábrenos a su luz fascinadora
y hágase en nuestra sangre su Palabra
cálida, leve, transparente, viva.
Juan de la Cruz, alúmbranos por dentro
para encontrar el Rostro del Amado
donándonos la vida en su mirada.
Que vivamos el tiempo como un vuelo
de recio amor y recia sembradura.
Que surjamos del surco de la tierra
trigos de amor feliz transfigurado.
(A San Juan de la Cruz, siempre agradecido)