Gracias, Señor, por el payaso tierno
que habita las moradas de mi alma.
Llega, todo color, cuando la noche
oscurece la faz de mis caminos
Y llega con sonrisas en las manos,
en los pies, en los ojos y en la lengua.
Todo lo da el payaso de mi alma
para salvar estrellas pequeñitas.
Se cae y se levanta como un niño
que toma en serio su niñez de hombre.
Tiene un motor oculto en las entrañas
para hacerse pequeño y ser feliz:
Es el amor, las risas de los niños,
las palomas amigas, la ternura…
El payaso que llevo en los más hondo
me libra de mentiras maquilladas.
Me río de mí mismo, si me subo
en el trono postizo del orgullo.
Me caigo, me comprendo, me perdono
para gozar de nuevo mi pobreza.
¡Oh Payaso del alma, que me alivias
del peso de altiveces y de iras!
¡Oh Payaso que pones en mis ojos
la visión positiva de la vida!
¡Oh Payaso que me haces nuevamente
cálido, humano, transparente, niño…!
¡Oh Payaso, que dices a los hombres
el secreto del gozo y la ternura!
Gracias, Señor, por darme este Payaso
que descubre mis límites de hombre
y me da el paraíso de quererte.
