Hablas claro, Señor. Y estás
callado.
Estás vestido de la carne
mía.
El corazón entero de María
ha quedado en tu carne
consumado.
Ya me puedes hablar. Ya
estoy robado.
Ya no siento el rigor de
noche fría.
Tu locura me asombra y me vacía
con tu carne de Dios
enamorado.
Hablas claro, Señor. Estás
diciendo:
“Sígueme sin temblar, que
estoy naciendo
para sembrar estrellas con
mi Nombre.
No tengas miedo. Sólo soy
un niño
que mendiga tu llama de cariño
para encender el corazón
del hombre.
