Virgen María, Te entrego
mi corazón de payaso,
por si le sirve a tu Hijo
de juguetillo barato.
Es de sombra y es de luz;
de ardillas y papagayos.
Tiene la sangre caliente,
aunque parece de trapo.
Para casi nada sirve
a los hombres enfundados,
porque ellos buscan el brillo
de los metales dorados.
Pero los niños de carne,
que son de cariño blanco,
lo pasan bien cuando sienten
la sonrisa de su llanto.
Yo se lo doy a tu Niño
como sencillo regalo.
Sé que es Pobre, porque es Dios
y, amando, quedó arruinado.
Y no sufras si se cansa
o se estropea en sus manos:
con una mirada suya,
con su beso inmaculado,
volverá a ser corazón
y a sentirse restaurado.
Virgen María, no dejes
mi pobre cordero manso
sin que tu Hijo lo tome
por amigo en su regazo.