No tienen vino, dices, y el acento
de tu palabra femenina llega
al corazón del Hijo que te entrega
su milagro hecho vino de contento.
No tengo vino -digo- Falta viento
de húmedas alegrías a mi vega.
Mis árboles se mueren, y esta ciega
mi palabra larvada en el lamento.
Toma tú mi gran sed. Hazla tan tuya
que Dios, de verte así, la torne suya
y derrame el milagro en mi desierto.
Tú líquido milagro derramado
como llanto de nube enamorado
puede resucitar mi tinte muerto.
