Dijo el Señor: “¡me amas más que éstos?”
La pregunta de Dios alzó tu frente
y tus árboles nobles de repente
se tornaron vivísimos y enhiestos.
Iban a hablar, pero los mudos restos
de tu ceniza frágil y caliente
enterraron tu voz quizá creciente
con recuerdos pasados y funestos.
Jesús miró tu desnudez sincera,
tres veces reiteró la primavera,
sembrada en ti: amor crucificado.
Tu dijiste: “Señor, tú sabes todo
conoces mi vasija hecha de lodo
pero llena de amor acrisolado”.